Saber cómo aplicar los principios de la Economía a la administración del hogar para lograr un uso eficiente de los recursos de que dispone, es una competencia clave para el mejoramiento de la calidad de vida personal y familiar, y por efecto, del nivel de desarrollo económico y social de toda una comunidad y de un país.

 

El desarrollo de esta competencia aportará a los administradores del hogar la capacidad de comprender la dinámica del funcionamiento de su entorno económico y la forma como afecta el uso de sus recursos, así como de prever los resultados de asignar recursos económicos a diferentes opciones de gasto o inversión y, por ende, de convertirse en un agente proactivo en el manejo de su economía.

 

En su marco teórico la economía es la ciencia social que estudia, por una parte, la forma cómo las unidades económicas, sean individuos o empresas, asignan los recursos disponibles para la producción, distribución, consumo e intercambio mediante el uso del dinero, de bienes y servicios para maximizar la satisfacción de sus necesidades de bienestar y, por otra parte, la naturaleza de la relación que surge en ese proceso entre las diferentes unidades económicas que intervienen. Pero aquí no vamos a tratar sobre la esencia teórica de la Economía, sino básicamente sobre cuatro de sus principios cuya aplicación nos permitirá un manejo eficiente de los recursos del hogar.

En el discurrir diario el hogar, domicilio habitual de la familia, toma decisiones sobre la asignación de los recursos de que dispone para obtener ingresos que a su vez utiliza para adquirir productos o servicios que no genera, para la satisfacción de sus necesidades y deseos. Los recursos de los que generalmente dispone el Hogar, y que constituyen sus factores de producción, son: capacidad de trabajo, tiempo y capital, sea en dinero efectivo o en bienes, aplicables a la producción de bienes y generación de servicios para la obetención de ingresos.

 

La razón por la que la Economía busca la eficiencia, que consiste en lograr el mayor beneficio posible con la menor cantidad posible de recursos –factores de producción– aplicados, es porque estos son escasos. Un recurso se considera escaso cuando no alcanza para satisfacer la totalidad de las necesidades del individuo o del hogar, por lo tanto, para satisfacer unas determinadas necesidades se tiene que sacrificar o aplazar la satisfacción de otras. Este hecho nos coloca frente a un primer principio de la Economía en el hogar que establece que «en nuestras decisiones de compra siempre estamos enfrentados a disyuntivas«. Dicho de otro modo, el dinero no alcanza para adquirir todo lo que necesitamos o deseamos; por consiguiente es necesario decidirnos por aquellos bienes y servicios que aporten la mayor utilidad posible  al bienestar del Hogar.

El manejo económico del hogar resulta algo complejo, por cuanto además de la escases de los recursos de que se dispone, en el ser humano subyacen por naturaleza además de las necesidades básicas de subsistencia o primarias como son: alimento, vestuario, vivienda, salud, educación, seguridad, descanso y esparcimiento, una serie de necesidades  de orden social y psicológico que insconscientemente buscamos satisfacer actuando por impulso.

Las necesidades sociales incluye el impulso irrefrenable de sentirse amado y aceptado, y de pertenecer a grupos sociales que nos reafirmen como persona. En lo psicológico se encuentran la necesidad de atención, respeto, estatus y el logro por nosotros mismos de las expectativas de realización personal y profesional.

El mayor grado de complejidad en la asignación eficiente de los recursos para obtener los satisfactores –bienes y servicios– de las necesidades primarias, está en la capacidad de discernir hasta que punto estamos satisfaciendo puramente por ejemplo la necesidad de alimento  para no tener hambre y nutrirse adecuadamente, y no para satisfacer la necesidad de prestigio o reconocimiento con ese mismo bien o servicio, que nos lleva a asignar una mayor cantidad de recursos, por ejemplo, pagando un precio mas elevado por un mismo almuerzo en un restaurante mas lujoso. Este comportamiento lleva a sacrificar la satisfacción de otras necesidades seguramente no apremiantes en el corto plazo, como  pueden ser la actualización ocupacional o profesional, el

vestuario, o el disponer de un plan de salud y en definitiva, la posibilidad de ahorrar dinero.

La satisfacción de las necesidades psicológicas están subordinadas a la satisacción de las necesidaes sociales y estas a su vez están subordinadas a la satisfacción de las necesidades físicas o de subsistencia (Maslow A, 2012). Así por ejemplo, si un individuo tuviese mucho frio y mucha hambre porque lleva mas de 24 horas sin comer nada, y le ofrecen la opción de escoger entre un plato de comida y una cobija, sin pensarlo, por instinto de supervivencia, escogería el plato de comida. Si seguidamente, habiendo saciado el hambre, le ofreciesen de nuevo un plato de comida y la cobija, seguramente esta vez escogería la cobija por cuanto su necesidad mas apremiante en este momento ya no es la comida, sino la protección contra el frio.

Se resalta a propósito «necesidad mas apremiante», porque es la situación de apremio la que por lo general motiva o determina la toma de decisiones en la asignación de los recursos para la satisfacción de las necesidades básicas, al menos hasta cuando han sido razonablemente satisfechas. En este orden de ideas, es mas apremiante comprar alimentos que pagar el arriendo o cuota de la vivienda; es mas apremiante pagar la cuota de vivienda que pagar la pensión en el colegio, o puede ser mas importante pagar la pensión que una consulta médica de control, etc.

 

Cuando las necesidades básicas «conocidas también como consumo autónomo» han sido razonablemente satisfechas, aparece la necesidad de los satisfactores sociales y con ellos la real complicación en el manejo de la economía del hogar, debido a que conllevan una asignación inadvertida de recursos que en el mediano o largo plazo termina por afectar el bienestar económico y tranquilidad del hogar.

 

En economía el consumo es todo lo que el hogar gasta en bienes y servicios para satisfacer sus necesidades; y la propensión o tendencia al consumo se determina con base en el aumento del gasto, frente a un equis aumento en el ingreso, bien sea proveniente de salarios, rentas, regalías o de préstamos y créditos.  Vale preguntarse, ¿Por qué si las necesidades básicas de subsistencia y seguridad están razonablemente satisfechas, un incremento en los ingresos incide en el consumo y no en una propensión al ahorro? De acuerdo con la teoría de Maslow, el ser humano en la medida que tiene mayores ingresos, gasta mas en satisfactores de necesidades del siguiente nivel que antes tenía reprimidas, como por ejemplo, la compra de vestuario mas fino, celular de mas alta gama, televisor mas grande, celebración de reuniones sociales mas costosas, etc.,  que de algún modo satisfacen la percepción de aceptación, reconocimiento o estatus social; tales motivaciones explican la propensión al consumo.

En razón de lo anterior, las decisiones de compra están fuertemente incentivadas por estrategias publicirarias y  de mercadeo que apelan al deseo subconsciente del ser humano por tener mas y mejores bienes o servicios que satisfagan sus deseos de un mejor estar o un mejor sentirse,  especialmente en aspectos relacionados con su rol social.

La eficiencia en la utilización de los recursos económicos (factores de producción) se plantea en Economía, partiendo de la base de que el ser humano es racional por naturaleza en la asignación de recursos «decisones de compra», en el sentido de que siempre busca su máxima satisfacción en la adquisición y uso de la mayor cantidad y calidad de un bien o servicio al menor precio, lo cual es cierto. Lo que no considera en sus decisiones de compa es la utilidad real del bien o servicio. En la realidad muchas veces nos encontramos con que esa racionalidad la aplicamos para comprar un determinado carro porque es más espectacular que el del vecino; o una casa con piscina, gimnasio y cinco habitaciones con baño, aunque solo voy a ocupar 3, no  saco  tiempo para estar en la piscina y  menos  para   hacer  ejercicio; pero está ubicada  en un  lugar  exclusivo y  eso nos  da  estatus social.

 

La racionalidad aplicada a la asignación emocional de recursos para la adquisición de bienes y servicios suntuarios, esto es: bienes y servicios que no contribuyen tangiblemente al bienestar del hogar sino que obedecen más a un estilo de vida, muchas veces no sostenible,  que a la calidad de vida,  se presenta proporcionalmente en todos los estratos sociales; pero el problema realmente no está en gastar en bienes y servicios para satisfacer necesidades sociales y psicológicas sino en el momento en que se hace y en el como se hace. Esta consideración conlleva a tener en cuenta  al momento de tomar la decisión de compra, cuatro condiciones que pueden incidir en el bienestar económico del hogar. 1. Que la capacidad de pago se equipare con la capacidad de compra, tomando en cuenta que la capacidad de compra aumenta con el uso de préstamos o de tarjetas de crédito, que de paso disminuyen el nivel de los ingresos futuros por efecto de los costos financieros «intereses, cuotas de manejo, seguros, etc.» de la deuda. 2. Prever la ventaja comparativa de comprar en este momento u otro un bien o servicio u otro, en relación con su aporte real al bienestar del hogar. 3. Prever la certeza o seguridad en el tiempo de los ingresos que respaldan la capacidad de pago, dado que la disponibilidad y uso de los factores de producción del hogar «tiempo, capacidad de trabajo y recursos materiales» y su demanda condicionan el nivel de Ingresos y 4. Determinar si la compra obedece a una necesidad real o es solamente el deseo de gratificación inmediata «esto es darse gusto ahora mismo» con el disfrute de un bien o servicio suntuario.

 

Siempre que realizamos una compra lo hacemos pensando en la utilidad definida en terminos de la satisfacción que ese bien o servicio comprado nos proporciona para suplir una necesidad, y de forma natural nos decidimos entre varios, por aquel que nos ofrece mejor calidad o mayor cantidad o ambas, a un menor costo. Bajo esta premisa, nuestras decisiones de compra cambian en la medida en que varía la relación costo/beneficio percibido; esto confirma un segundo principio de la economía que establece que nuestras decisiones de compra son influenciadas por los incentivos. Este es un principio bien aprovechado en las estrategias de mercadeo, patentes en las conocidas promociones de: pague 2 lleve 3, o cualquiera de sus variaciones o formas de presentarlas.

 

Por lo general casi nunca o nunca, nos ocupamos en determinar la utilidad o ahorro real que esa cantidad o calidad adquirida en promoción nos proporciona, como tampoco en determinar el punto de aprovechamiento óptimo que podemos lograr en relación con la necesidad que buscamos satisfacer en el momento. Puede resultar que el volumen que adquirimos a ese buen precio exceda la cantidad que requerimos incurriendo en un desperdicio o que tengamos que asumir un manejo de inventarios para administrar la cantidad requerida en cada momento, lo cual es muy poco probable; o puede ocurrir que tal grado de calidad no se requiera plenamente para satisfacer la necesidad terminando igualmente en un desperdicio; puede ocurrir también que la calidad adquirida no satisfaga plenamente la necesidad y que se requiera por lo tanto de una mayor cantidad para compensar esa menor calidad, o, tener que comprar un nuevo producto o servicio para conseguir el resultado esperado, con lo cual, en cualquiera de los casos desaparece el mayor beneficio o utilidad pretendidos con la compra de la promoción.

 

Determinar el rendimiento o aprovechamiento óptimo de un producto o servicio implica tener en cuenta un tercer principio de la economía según el cual tomamos mejores decisiones de compra cuando pensamos en términos de utilidad marginal. Técnicamente la utilidad marginal es la satisfacción o beneficio que obtenemos en la compra o consumo de una unidad adicional de un producto o servicio. La utilidad marginal por lo general es decreciente; o sea que disminuye a medida que se consuman unidades adicionales del producto o servicio, hasta llegar a cero. Veamos ejemplos simples de como aplica este principio de la economía en el hogar.

 

En términos de satisfacción, el consumir un plato de comida cuando tenemos hambre nos produce un gran deleite, nos proporciona una satisfacción del ciento por ciento; si consumimos seguidamente una porción adicional del mismo plato, ya no experimentamos el mismo grado de satisfacción que nos proporcionó el primero; lo mismo ocurrirá con un tercer plato en relación con el segundo y así sucesivamente hasta que el consumo de platos adicionales  ya no nos produce ninguna satisfacción.  En términos de beneficio económico, encontramos una utilidad marginal cuando por ejemplo al comprar una segunda unidad de un producto o adquirimos una suscripción a un servicio por un periodo adicional, obtenemos un descuento del equis por ciento. Cuando la utilidad marginal sea igual a cero habremos sobrepasado el punto óptimo de compra o consumo en una unidad; en este punto habremos  logrado el máximo de la utilidad del producto o servicio y si continuamos comprando o consumiendo unidades adicionales la utilidad total, ya sea en el precio, en el rendimiento o en la satisfacción, empezará a disminuir progresivamente.

 

Dado el hecho de que en el mercado encontramos una gran variedad de bienes y servicios similares para satisfacer una misma necesidad, resulta muy útil aplicar el concepto de la utilidad marginal resultante de comparar el rendimiento de uno de ellos con respecto al otro, a fin de determinar la relación costo/beneficio óptima, o al menos mas venatajosa, como punto de referencia para la decisión de compra. Para el efecto, vamos a suponer que un integrante del hogar mercando, encuentra 2 opciones en detergentes de la marca, contenido, precio y rendimiento especificados en la tabla que sigue.

 MARCA

 

CONTENIDO

PRECIO

COSTO Gr.

Grs.REQ. X CARGA

CARGAS X CONT.(Grs)

COSTO X CARGA

X

1200 Grs

 $ 3.600

 $ 3,00

150

8

 $ 450

Y

1000 Grs

 $ 2.800

 $ 2,80

200

5

 $ 560

Podemos observar a primera vista que el detergente X, aunque trae 200 gramos de más, es más costoso que el detergente Y. Puesto que no traen la misma cantidad, necesitamos determinar el precio en una misma unidad de medida (gramos) para lo cual dividimos el precio por el contenido de cada uno y obtenemos que el precio por gramo de X es de $3,00 mientras que el de Y es de $2,80, confirmando que efectivamente X tiene un precio más elevado, lo que probablemente nos haría decidirnos por Y. Ahora veamos la calidad: si analizamos el rendimiento de cada detergente, tenemos que para lograr la misma calidad de lavado por carga de lavadora, se requieren 150 gramos del detergente X, mientras que del  detergente Y se requieren 200 gramos; esto significa que si dividimos el contenido entre la cantidad de gramos requeridos por carga, una unidad de X (1200 gramos)  nos alcanza para 8 cargas, mientras que una unidad de Y (1000 gramos) nos alcanza para 5 cargas. De nuevo necesitamos determinar el costo de cada detergente en la misma unidad de medida que en este caso es el costo por carga; para ello dividimos el precio por unidad entre el número de cargas de cada uno, y obtenemos que para el detergente X es de $450 mientras que el del detergente Y es de $560; o sea que si compramos el detergente X obtendremos una utilidad marginal con respecto a Y de $110 ($560-$450) por cada carga, lo cual seguramente nos hará cambiar la decisión de compra.

Tomando en cuenta que toda compra sea de consumo o no, implica una asignación de recursos (dinero), resulta muy útil aplicar otro de los principios básicos de la economía que consiste en tomar decisiones de compra teniendo en cuenta el costo de oportunidad, lo que nos permitirá asignar los recursos a aquella opción de inversión o gasto que nos reporte la mayor utilidad».

 

El costo de oportunidad se define como la utilidad o beneficio que dejamos de percibir en opciones de compra, sea gasto o inversión, diferentes a aquella o aquellas por las cuales nos podemos decidir, dado que los recursos disponibles no nos permite acceder a todas las que nos gustaría tener. Veamos un ejemplo ilustrativo simplificado: supongamos que un hogar genera semanalmente un promedio de 15 libras de ropa para lavar y utiliza el servicio estándar de lavado a un costo de $1.200 por libra; o sea que mensualmente gasta $72.000. Este hogar tiene disponibles un millon de pesos que puede colocar en un CDT a un año con una tasa efectiva anual del 3.3% que le genera $2.600,89 mensual netos (después de la retención en la fuente del 4%); O, invertirlos en la compra de una lavadora, lo cual le permitirá ahorrar mensualmente  $72.000,00  menos   los  gastos  de   operación, agua  y 

energía  eléctrica que  no son significativos por cada carga de lavado (15 libras). En este caso el costo de oportunidad por invertir en la lavadora es de $2.600.89 y el costo de oportunidad por invertir en el CDT sería de $72.000,00 menos los gastos de operación, agua y energía; por lo tanto, de acuerdo con el principio de costo de oportunidad la mejor opción en este caso es invertir en la lavadora por cuanto representa el menor costo de oportunidad ($2.600,89).

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