Este año la desocupación tocó máximos históricos cercanos al 25 %, pero fueron las mujeres las más castigadas en este país de 50 millones de habitantes donde la informalidad es del 47 %.

El coronavirus empujó al desempleo en su momento a 2,5 millones de mujeres. “Las mujeres ocupadas pasaron de 9,2 millones en el segundo trimestre de 2019 a 6,7 en el mismo trimestre de 2020“, señala el Dane.

Elizabeth, María Edilma y Jackeline, que quedaron desempleadas por el virus y además sobrellevan la carga del hogar, son parte de este drama que atraviesan las principales ciudades del país.

Con un añadido todavía más bochornoso: un número indeterminado de mujeres expulsadas del mercado laboral volvieron a las tareas del hogar y al cuidado de los hijos: estadísticamente entraron en “inactividad”.

El Dane alertó sobre la tendencia de los hogares de sustituir “actividades de cuidado remunerado por actividades no remuneradas”.

Una desplazada varias veces golpeada

Hace 20 años, la violencia desplazó a Elizabeth. Vivía en Chocó, un departamento de mayoría negra y el más empobrecido del país. Llegó a Medellín donde se dedicó al trabajo doméstico.

Cuando arreció la pandemia, su empleadora, temerosa de un contagio, le dijo que para conservar el trabajo debía seguir como interna, lo que la obligó a dejar solos a sus seis hijos de entre 12 y 21 años.

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El 26 de julio tuvo que renunciar para ocuparse de su familia. “Sabía que, si me quedaba sin empleo, íbamos a pasar trabajo; íbamos a aguantar hambre, pero yo dije: ‘no, primero son mis hijos’”, sostiene esta mujer de 40 años.

Con la pandemia, el padre de sus niños perdió el empleo y dejó de enviarle dinero. Hoy, ella cruza los dedos para que no le corten los servicios básicos por falta de pago.

Con el fin del encierro, la economía comenzó a recuperarse. Pero el desempleo, que en octubre se ubicó en un 14,7 % a nivel nacional, afecta más a las mujeres que a los hombres: 20,1 % contra 10,7 %.

“Me ha tocado muy duro, porque a veces nos toca acostarnos sin comer“, cuenta Elizabeth, quien malvive limpiando una que otra casa al mes.

Una cadena de frustraciones acumuladas

Cuando cerró el salón de belleza donde trabajaba como manicurista, María Edilma se vio forzada a dejar el apartamento que alquilaba para ella y sus hijos de 17 y 20 años, en el sur de Bogotá.

Entonces también estudiaba para convertirse en esteticista y montar su propio negocio.

María Edilma se mudó con los dos adolescentes y dos gatos a un diminuto cuarto dentro de una casa que comparte con otras 17 personas. Esta madre soltera, de 35 años, lucha a brazo partido para asegurar la comida. Pero hay días que apenas alcanza para un plato diario, se lamenta.

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Temprano, se ocupa de sus hijos y luego sale a tocar puertas ofreciendo sus servicios ya sea “haciendo aseo, manicura, lavando loza” o en “lo que salga”.

“Hay muchas mujeres buscando empleo”, dice. María Edilma teme terminar convirtiéndose en “una carga” para sus hijos. Sus estudios están en un suspenso indefinido.

Este año deja una de las brechas de género más altas “en 20 años de historia reciente” en materia de acceso al empleo, dice Luis Fernando Mejía, director de la Fundación para la Educación Superior y el Desarrollo.

El acoso de las deudas

En plena pandemia Jackeline, una diseñadora de 36 años que cobraba por servicio prestado, perdió su único ingreso.

La fábrica textil con la que trabajaba en Cali, la tercera ciudad en Colombia, decidió quedarse con una planta recortada de empleados con contrato.

De vuelta a casa, Jackeline tuvo que encargarse de “las tareas del hogar” y el cuidado de su hijo de siete años, que hasta entonces era atendido por su suegra.

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Al mismo tiempo, ella y su esposo se arriesgaron a montar, con dinero prestado, un pequeño taller de prendas deportivas, fajas reductoras y corsés para mujeres con cáncer de seno.

El negocio todavía es incierto, pero las deudas comenzaron a apretar hace unos meses. “Yo no decía nada, pero a veces en la madrugada yo me levantaba llorando, preocupada”. Jackeline siente que su salud se está deteriorando.

Los sectores donde más se han destruido puestos son precisamente los que tienen mayor participación femenina, como servicio doméstico, asistencia social, tratamientos de belleza, educación primaria, etc.

Si el Estado no adelanta políticas laborales con enfoque de género este retroceso, de por sí “muy grave”, podría ser peor, advierte Stefano Farné, director del Observatorio del Mercado de Trabajo de la Universidad Externado.

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